Cultura

PERIFERIAS 21.0

Una singular galería de personajes fronterizos

Emmanuelle Parrenin, Azu Tiwaline, Dedito Finger y Víctor Coyote protagonizaron la penúltima jornada del festival

Víctor Coyote demostró que sigue siendo una de las figuras más singulares y heterodoxas del rock hecho en España
Víctor Coyote demostró que sigue siendo una de las figuras más singulares y heterodoxas del rock hecho en España
Javier Broto Hernando

Como su mismo nombre indica, Periferias ha sido siempre un festival que ha apostado por los creadores alejados de la oficialidad cultural. Personajes singulares, dueños de su propio universo personal. Personajes fronterizos y audaces que se sitúan en los márgenes o, en definitiva, en las periferias a las que alude el mismo nombre del festival. Y de todos ellos hubo una buena representación este sábado en su penúltima jornada. Una veterana zanfonista del folk francés de los años 60 (Emmanuelle Parrenin), un miembro destacado del post-rock alemán (Detlef Weinrich, del grupo Kreidler), una dj y productora electrónica tunecina (Azu Tiwaline), un percusionista iraní (Cinna Peyghamy), el nuevo proyecto del versátil Chalo Moca (Dedito Finger) y una figura única e irrepetible del rock español (Víctor Coyote) compusieron la singular galería de personajes que Periferias añadió este sábado a su flamante catálogo de artistas sin fronteras.

Tras el de Entre Cérvols Llauradors, del primer sábado de Periferias, este pasado sábado se proponía el estreno mundial de otra propuesta. El encuentro entre la veterana zanfonista francesa Emmanuelle Parrenin y la electrónica de Detlef Weinrich. Jours de Greve (Días de huelga), el trabajo que se presentó, se publicaba hace un par de meses y su nombre hace un (indisimulado) guiño a las huelgas que tuvieron lugar en el dos mil diecinueve, cuando se grabó el disco, contra la reforma de las jubilaciones, en Francia (aquí es que somos más pardillos y obedientes).

Detlef Weinrich y Emmanuelle Parrenin presentaron el disco ‘Jours de Greve’.
Detlef Weinrich y Emmanuelle Parrenin presentaron el disco ‘Jours de Greve’.
Javier Broto Hernando

La presentación en directo se ajustó a lo que es este primer trabajo discográfico. El punto de encuentro entre estos dos músicos de estilos y generaciones bien distintas (¿alguien imagina a popes nacionales, de uno u otro género, colaborando con propuestas en sus antípodas estilísticas? Por supuesto, no sirven esas pantomimas de los duetos para la radiofórmula) es el punto (sic) hipnótico y de querencia por el trance de los “instrumentos” que manejan ambos, la zanfona (con su nota sostenida) y la creación de ritmos hipnóticos, a base de loops, de la electrónica. Y en eso basaron su presentación, en la repetición hipnótica de figuras y sonoridades, confundiendo los orígenes, en ocasiones. Temas que se ajustan al baile colectivo, el clásico baile en círculos del final de los comics de Astérix, vaya. Eso, en el fondo, es Europa.

Y tras el derribo de la frontera franco-alemana por parte de Emmanuelle Parrenin y Detlef Weinrich, llegó el cónclave árabe propiciado entre Túnez e Irán de la mano de Azu Tiwaline y Cinna Peyghamy. La primera es una dj habitual en las programaciones de los clubs de Europa, que también ejerce de finísima productora electrónica adicta a las vaporosas atmósferas del dub jamaicano, como si fuera una versión femenina y magrebí de King Tubby. Y Cinna Peyghamy es un extraordinario percusionista de origen iraní capaz de extraer de su tomback (un tambor iraní en forma de cáliz) los sonidos más diversos y sorprendentes.

En el festival se escuchó el cónclave árabe propiciado entre Túnez e Irán de la mano de Azu Tiwaline y Cinna Peyghamy.
En el festival se escuchó el cónclave árabe propiciado entre Túnez e Irán de la mano de Azu Tiwaline y Cinna Peyghamy.
Javier Broto Hernando

Enfrentados el uno a la otra sobre el escenario, sentados ambos sobre una gran alfombra, él con su tombak y sus efectos de ecos y reverb y ella con su ordenador, dieron forma a un mosaico de sonidos ubicados en algún lugar entre la tierra y el cosmos.

Interpretaron temas como Tight wind o Violet curves, que fueron incluidos en la compilación Door to the Cosmos. De repente, sonaba un dub de ecos orientales atravesado por el viento del desierto y te parecía estar en Tozeur, Médenine u otros lugares mágicos del desierto tunecino.

Entre clicks, cuts, glitches, bajos rotundos y ecos dub se filtraban en otro tema las voces de emisoras árabes, los cláxones de la calle, el ruido de los motores, el sonido del agua, los truenos de una tormenta o la llamada al rezo del muecín. El toque oriental en su concepción de la electrónica es siempre sutilísimo, nada evidente ni oportunista.

Azu y Cinna facturan una música que se debate entre la meditación y el trance. Música expansiva o introspectiva según el momento, que bebe tanto de la tradición árabe como del ambient, la IDM o el techno-dub de sellos como Chain Reaction y Basic Channel. Y en ese viaje fascinante destacó sobre todo la fructífera compenetración entre las delicadas texturas electrónicas de Azu Tiwaline y las variadas sonoridades que el virtuoso Cinna Peyghamy extrajo de un tombak que terminó haciendo sonar en la onda del más puro ruidismo industrial. Pura magia.

Ya por la noche, en el Auditorio Carlos Saura del Palacio de Congresos, el chip cambió notablemente, y de la electrónica se pasó al rock menos convencional.

En primer lugar, apareció sobre el escenario Dedito Finger, el nuevo proyecto del oscense Chalo Moca, líder del grupo Licor de Pájaro. Si bien en los temas que se habían avanzado de este nuevo proyecto (Lobo, sobre todo) latía un espíritu electrónico próximo al techno-punk de Sleaford Mods, en directo, con el apoyo de varios de los compañeros de su anterior grupo, quizá dio más la impresión de encontrarnos ante unos Licor de Pájaro II. Eso sí, con un acento más punk y unas líneas de bajo más funk. Bajo que, por cierto, tocó el propio Chalo Moca.

El oscense Chalo Moca presentó su nuevo proyecto, titulado Dedito Finger.
El oscense Chalo Moca presentó su nuevo proyecto, titulado Dedito Finger.
Javier Broto Hernando

Iniciaron su recorrido con Huyamos, un rhythm & blues de aire cálido, que dio paso al blues-rock con sintetizador de Estrella fugaz, la onda funk de Gorrión y el blues-punk garagero de Salvaje, que está conectado a la sonoridad de Guadalupe Plata.

En La chamana evocaron el blues tortuoso y oscuro de Tom Waits y La despedida ofreció su faceta más melancólica. Y fue a partir de aquí cuando la actuación levantó el vuelo y mostró su lado más novedoso con ese excelente electro-blues-disco-punk que es La medicina es tu propia enfermedad, con el punk-funk de líneas de bajo a lo ESG de Dolores (con citas a Morente, Camarón y Lole y Manuel) y de Culebra no engaña a culebra y, finalmente, con el hit Lobo, que sonó menos electrónico de lo esperado. Se despidieron interpretando de nuevo Huyamos, en esta ocasión con mucha mayor seguridad en sí mismos y con un sonido más potente. La cosa promete, desde luego.

Y llegó el momento de volver a disfrutar de la música y la personalidad de una de las figuras más singulares y heterodoxas del rock hecho en España, Víctor Coyote. Alguien, por otro lado, muy querido en la capital oscense. Un artista que asegura que prefiere moverse por las comarcales (título de su nuevo disco), más que por las vías principales. Una reivindicación muy “periférica”, que define a la perfección su peculiar filosofía.

Vestido de rojo y con sombrero y muy bien acompañado por el batería Ricardo Moreno y el contrabajista Gustavo Villamar, se dedicó a presentar fundamentalmente los temas de su más reciente disco, Las Comarcales, comenzando precisamente con el tema que le da título y que redefine el concepto de rock fronterizo.

Después interpretó Azcona 16, que sonó a algo así como Nicola di Bari cantando country, una delicia. Y siguió con otros temas anteriores como la ranchera bizarra y blues y Yo, el extraño y esa joyita llena de ironía que es Joven de cuello vuelto.

Enlazó después varios temas de su nuevo disco: la cumbia & western de Cumbia de milagro, las preciosas baladas Costa Nova (con cierto aire de morna caboverdiana), Sentimiento barato (casi bachata) y Nadie se va a quejar, la superlativa protest folk song Soy un trabajador, soy un autónomo, soy un artista, el blues-rock Es tarde y el latin surf rock de La maravilla.

Entre unas y otras se atrevió a versionar en clave de fado swing fronterizo el Havemos de ir a Viana de Amália Rodrigues, le echó unas puyas a Bob Dylan y realizó su versión “más folclórica” (en sus propias palabras) de ese monumento del rock latino que es Esta noche me voy a bailar de los Coyotes.

Terminó con el oscuro rockabilly Yo, que creo en el diablo, pero afortunadamente regresó para ofrecer un bis nostálgico en el que se acordó de sus conciertos en el Jai Alai y ofreció dos revisiones del repertorio incorruptible de los Coyotes: un arrollador Cien guitarras, al que Víctor definió con sorna como “la primera canción sobre la revolución de las mujeres, aparte de las de Mari Trini”, y el punkabilly Extraño corte de pelo, su primer single, de 1982. Han pasado casi 40 años de eso y el Coyote se mantiene en plena forma. Un concierto (otro) para el recuerdo. 

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